Córdoba y sus personajes ilustres

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Hemos estado en Córdoba alojados en el camping municipal y haciendo recados: mecánico, ferretería, supermercados…

Córdoba: ciudad para hacer recados

Córdoba ha resultado un lugar curioso. Los días en los que estuvimos hizo un tiempo malísimo, llovió e hizo muchísimo frío. Nos refugiamos en el camping San Martín, a las afueras, y desde allí montamos la base de nuestras operaciones.

Hasta ahí todo bien, si no hubiera sido porque no se nos ocurrió mirar el tamaño de Córdoba. Resultó tener millón y medio de habitantes. Una Barcelona, vamos. Lo fuimos descubriendo poco a poco, a medida que echábamos la mañana para hacer un recado y el depósito de La Cobra se vaciaba.

Así somos nosotros. Donde haya un plan sin fisuras, allá que vamos.

Al tercer día de estar en Córdoba, conseguimos resolver el tema del seguro con cierta holgura en una única mañana. La furgo –“camioneta” se dice acá- tiene matrícula –“placas”- de Colorado y eso lo complicaba un poco todo. Fuimos después a echar gasolina y allí el muchacho de la gasolinera nos recomendó visitar “Mariano Max, el supermercado más barato de toda Córdoba”.

Sin dudarlo, nos fuimos a comprobarlo.

El mecánico más alegre del mundo

Después de aparcar vimos que muy cerquita había un taller. Como la Cobra tenía el limpiaparabrisas estropeado, decidimos acercarnos para preguntar si podrían arreglarlo.

-Tráiganla -nos dijo el dueño mientras nos miraba simpático-. Sos españoles: ustedes dicen siempre ‘joder tío’… Pues, joder, tío, traiga esa camioneta y se la miramos.

Tres minutos después allí estábamos con La Cobra, mientras el dueño y un mozo joven nos miraban muertos de risa porque no dábamos pie con bola.

- ¿Hasta Ushuaia piensan ir con esto? -el dueño nos mira con ternura-

- ¡Y después volver hacia Alaska!

- Tiene buen motor… pero esta ha dado ya dos o tres vueltitas al mundo…

Carlos y yo nos miramos entre nosotros. Otro de nuestros planes sin fisuras ha sido comprarnos esta furgoneta que es muy bonita, pero es más vieja que Carracuca. En un santiamén han desmontado la parte de delante y localizan el cable de los limpiaparabrisas que estaba suelto, lo colocan y ¡zas! Las manillas empiezan a moverse. Locos de contentos y dispuestos a seguir probando suerte, Carlos le pregunta sobre la radio. El mozo desmonta la parte de dentro, busca los fusibles y en otros diez minutos la radio empieza a sonar, como por arte de magia.

Seguimos hablando de nuestro viaje, y el dueño mira con cierta desconfianza a La Cobra, yo creo que no da crédito a que queramos cruzar América con ella.

- Yo tengo un hermano que vive allá en Usuhaia, pero hace muchos años que no lo veo… se murió mi viejo y no vino y eso me dolió mucho… una lástima.

Creo que fue lo único serio que dijo. El resto de la hora que estuvimos allí estuvo todo el rato riendo y contándonos historias. Nos contó que se pasaba las horas en el taller, pero que tenía el sueño de comprarse él también una camioneta y recorrer un poco.

Le preguntamos cuánto le pagamos y con un gesto nos dice:

- “Vayan, chicos, vayan y que tengan suerte con su viaje”.

La llave de La Cobra y Fernando, el ferretero

Pegando al mecánico hay una ferretería, que nos parece el lugar idóneo para hacer una copia de la única versión de la llave de La Cobra que existe en el universo conocido. Fernando, el muchacho, nos dice que ese es un modelo muy raro de la llave y que (quizás) podría intentar localizarla para el día siguiente. Nos parece que tener dos llaves no es un lujo asiático, precisamente, así que decidimos demorar nuestra partida y hacer noche en el camping. A estas alturas yo estoy a punto de empadronarme en San Martín y echar raíces allí.

Además, el tercer día de estar allí descubrí que había agua caliente en uno de los baños y que llevaba tres días haciendo el canelo y jugándome una pulmonía.

El caso es que al día siguiente estuvimos un ratito trabajando. Esto no lo cuento mucho, pero en medio de todas las peripecias, trabajamos, como buenos “nómadas digitales”, pero como es más aburridón, pues creo que no merece la pena reseñarlo.

Después de trabajar, nos fuimos a por la llave y a cumplir un nuevo sueño que se me había creado después de pasar tanto frío: conseguir un hervidor de agua.

Al llegar a la ferretería de Fernando, allí estaba esperándonos llave en mano y con una enorme sonrisa.

-Ay, muchachos, volví locos a los de la tienda de llaves… no encontraban el modelo por ningún lado porque es muy viejito… pero yo creo que la conseguimos, vamos a ver.

Después de cuatro pruebas distintas – en la que Carlos iba y venía corriendo desde el parking del Mariano Max a la ferretería y viceversa- conseguimos que la llave cumpliera todas sus funciones, a saber: abrir las puertas y encender el motor.

Fernando es un tipo muy acogedor y simpático, que nos habla de su novia y que remueve Roma con toda Córdoba para conseguirnos algún sitio en el que nos rellenen la bombona de butano que llevamos, que por lo visto “es de pitorro boliviano”.

- Mi cuñado también estuvo viajando mucho tiempo con un a moto, por toda Lationoamérica… pero tuvo un accidente y se mató.

Carlos y yo nos miramos algo descompuestos. Fernando sale de la tienda:

- Chicos, ¿cuánto de largo quieren la cuerda que me pidieron? ¿cinco metros?

- Déjame que lo mire… es para tender la ropa entre árboles -sale mi yo más marujil y salvaje en ese momento, pero agradezco la pregunta porque no sabía muy bien qué decirle a Fernando.

Nos despedimos de él y prometemos ir contándole nuestras hazañas panamericanas. Antes de despedirnos nos regala un cutter, que no aceptamos porque justamente nos habíamos comprado uno en Madrid, que yo colé por cierto sin querer en mi equipaje de mano.

No sin mi hervidor de agua

Como tengo una misión en la vida (comprar una kettle=hervidor de agua) buscamos en el maps y nos lleva a una zona cercana.

Después de visitar tres tiendas de electrodomésticos, Carlos me convence de que “te pongas como te pongas, yo creo que aquí no vas a encontrar nada más pequeño… ¿no ves la de mate que toma aquí la gente… estos cuecen agua a espuertas”.

En la última tienda compramos un hervidor de 1,7 litros. La dueña se empeña en regalarnos una parrilla para que practiquemos el deporte nacional con mayor asiduidad si cabe: el asadito. Como no encuentra la parrilla viene con un soplete.

Carlos y yo nos miramos impactados.

- Con esto verán qué bien les prende el asado. Chicos, si lo que quieren ver un lugar bonito, vayan a mi pueblo. Es Alto Gracia… está en la sierra y allá vivió el Ché muchos años.

No se hable más. Acabamos de decidir nuestro siguiente destino.

La Cobra en el Camping municipal de San Martín
Carlos y yo en el Camping municipal
Acá le mostramos su supermercado de confianza
En esta foto se ve el taller mecánico.
Fernando, el ferretero
La kettle
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