Antes del viaje

La famosa rueda

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5 julio, 2019
ratón

Lunes. Snooz. Las siete de la mañana. Te levantas, te haces un café y engulles una tostada mientras te colocas unos zapatos que no te gustan y te pintas la raya del ojo. Te subes en el coche y vas directa al trabajo. Once horas después lo que queda de ti vuelve a casa arrastrando los pies. Abres la nevera por si alguna de tus amigas gallegas ha dicho algún conjuro que mágicamente la haya llenado. Nada. Ni media meiga y ni un cuarto de naranja.

 

Martes. Snooz. Snooz. Las siete y cinco de la mañana. Te levantas, te bebes de tres tragos el café e intentas que funcione la tostadora. Ya no sabes qué hacerle para que se quede el resorte abajo y se tuesten las tostadas, que debería ser una redundancia, pero claramente, en este entorno hostil, no lo es. Has probado con todo: cinta aislante, palillos, cuchillos, hasta a traerte a tu madre del pueblo para que sujete el maldito resorte, mientras tú te vas vistiendo para ganar tiempo.  Hoy te vas a poner zapatillas y unos vaqueros que te compraste el otro día en Zara. Estás contenta, esta tarde tienes radio. Diez horas después estás sentada frente a un micrófono contando batallitas y diciendo "aquí estamos otra vez en Vigo y en directo" que es una frase que te encanta, aunque ya no le haga gracia a nadie. Cuando sales de Radio Vallekas te sientes con tanta energía que te parece que podrías saltar rascacielos. Pero en ningún momento te acuerdas de la soledad de tu nevera.

 

Miércoles. Snooz. Snooz. Las siete y media de la mañana. Los miércoles son el día que más detestas de toda la semana. El universo, para que no pierdas la esperanza, se ha confabulado a tu favor y esta mañana la tostadora sí funciona, pero se te olvidó comprar aguacates. Sales despavorida hacia el trabajo porque vas a llegar tarde. Los miércoles tienes clase en la universidad, así que cuando llegas a casa, cerca de las diez de la noche, te acercas al Carrefour Exprés que hay en San Bernardo para comprar aguacates y una bolsa de naranjas porque hace días que no comes fruta y que se te aparece tu madre en sueños recordándote las vitaminas de las manzanas. Cuando vas subiendo la escalera de tu segundo sin ascensor mientras arrastras las bolsas de fruta a las once de la noche hacia tu casa lo tienes claro: tu vida se hunde.

 

Jueves. Snooz. Snooz. Snooz. Por fin es jueves. Te da igual la hora que sea. Lo importante es que es jueves y tienes naranjas para hacerte un zumo y un aguacate que desayunar. Por fin, la vida te sonríe. Y esta felicidad no te la va a aguar ni el puñetero tostador. Te subes en el coche silbando una canción que no puedes parar de tararear, de algún cantautor que conociste un día en un concierto. Hoy eres más tú que nunca. Te habías pasado toda la semana anestesiada, pero hoy, por fin, eres tú de nuevo: esta tarde has quedado para ir de cañas. Cuando sales del trabajo, a las siete de la tarde, te espera tu amigo Miguel en el bar de siempre: "Hombre, doctora, por fin te veo... en qué andarás metida últimamente que no te dejas caer nunca por aquí". Y tú sonríes maliciosamente como intentando hacer entender que tu vida es un misterio y que guardas múltiples secretos. Pero, en verdad, te pasas el día del trabajo a la universidad y respondiendo emails. De hecho, hoy contestaste uno que empezaba: "Buenos días, Doctor Melón" y te hizo muchísima gracia. Se lo cuentas a Miguel, que claramente no tiene el mismo sentido del humor que tú, pero que te pide otras diez cañas más para aliviarte la semana.

 

Viernes. Snooz. Snooz. Snooz. Las ocho de la mañana. ¡¡Las ocho de la mañana!! Te levantas corriendo, te vistes como puedes y te subes en el coche. Tienes unas ojeras increíbles, acabas de confirmarlo en el coche. Cuando coges el ascensor de la oficina te das cuenta de que lo que te has puesto no conjunta en absoluto. Tú que creías que con "ir de verde" servía, te enfrentas a la trágica realidad: llevas un jersey color oliva, una falda turquesa y unas medias verde oscuro. Total parcial: un cuadro. Te sobrepones como puedes a lo que acabas de ver (tú misma) e intentas caminar con elegancia por la oficina. Pero te has dejado puestas las gafas de sol. Ya todos saben que ayer se te hizo tarde. Claramente tú no tienes la culpa de haber salido ayer hasta las tres. La culpa es de la vida, la vida maldita, que te ha tocado. Porque tú querías haber sido cantante, tartera o albañila (por ese orden de prioridad y sin ser profesiones excluyentes en tu opinión)... y ninguno de esos sueños se te cumplió. Así que te vengas del azar después de la happy hour de los bares, que es cuando más le duele a la vida, que lo sabes tú de muy buena tinta.

 

 

 

 

 

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