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Débora

Argentina Travel

Empezamos

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11 octubre, 2019

Andábamos tan en nuestros pensamientos y tan ensimismados contando los días para nuestra partida que ni se nos ocurrió que podía suceder. Así de idiota suena. Así de idiota ha sido.

Fuimos a la embajada a pedir nuestro visado de medio año para empezar el viaje en Alaska. Fuimos con toda nuestra ilusión, con todo el cariño y la buena intención que le ponemos a las cosas. Pero no se nos ocurrió llevar ni medio papel para contar cómo iba a ser nuestra aventura. Ni de qué íbamos a vivir. Ni cuál era nuestro plan.

El señor amable que nos atendió -que tenía pinta de disfrazarse de Santa Claus en Navidad y de hacer un pavo relleno maravilloso para Acción de Gracias- nos miró con cara de sorpresa y -sobre todo- de perplejidad. Claramente la respuesta fue algo que no habíamos ni remotamente imaginado. Nos denegaron el permiso. Fisuraza al canto.

Desde hace una semana andamos con la testa sotto i piedi. Hablando por hablar, yendo a los sitios por ir, riendo por no llorar. Y llorando -mucho-, también. Hace una semana se nos rompió un poco el corazón, porque lo teníamos ya delante de nosotros y ha sido como si este pequeño (gran) sueño de cambiar de vida se nos hubiera deslizado entre los dedos y se nos hubiera caído al vacío.

Cuando me pasan cosas malas siempre me sucede que al día siguiente, cuando me estoy despertando, pienso por un momento que todo ha sido un sueño y que cuando consiga abrir los ojos me daré cuenta de que nada de lo que pasaba en ese sueño -pesadilla- era real. Me pasó cuando perdí a mi hermano, y cuando Larrake se marchó. Es curioso, porque es algo que creo que nunca le he contado a nadie, pero os lo cuento porque el martes me desperté y volví a sentirlo. Y claro, era real.

Desde la semana pasada Carlos y yo andamos sin encontrarnos. Menos mal que seguimos queriendo buscarnos y que, en el fondo y no tan en el fondo, somos los más optimistas de nuestra clase y ya empezamos a encontrar algunas alternativas. Poner sobre la mesa el corazón es reconocer los errores, colocarlos y poder perdonarse a uno mismo y al otro. Y aprender algo. Que lo que no te mate, te engorde.

Algo antes de nuestro pequeño drama (canario, para muchos) habíamos preparado un sketch en el que contamos nuestro proyecto. Por ahora lo hemos guardado en una caja, hasta que recuperemos un poco la energía y volvamos a reírnos con ganas. Pero llegará pronto, seguro. Nos hace mucha ilusión, porque todo lo que hacemos, lo hagamos bien o regular, lo hacemos siempre con toda la ilusión del universo. Con la misma ilusión que fuimos el lunes a la embajada. Con la misma ilusión que empezaremos nuestro (nuevo) gran viaje.

Porque la ilusión es la que mueve el mundo. Y nosotros, en eso, tenemos visado ilimitado.

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Antes del viaje

Le damos la vuelta al viaje. Y punto.

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29 julio, 2019

Andábamos tan en nuestros pensamientos y tan ensimismados contando los días para nuestra partida que ni se nos ocurrió que podía suceder. Así de idiota suena. Así de idiota ha sido.

Fuimos a la embajada a pedir nuestro visado de medio año para empezar el viaje en Alaska. Fuimos con toda nuestra ilusión, con todo el cariño y la buena intención que le ponemos a las cosas. Pero no se nos ocurrió llevar ni medio papel para contar cómo iba a ser nuestra aventura. Ni de qué íbamos a vivir. Ni cuál era nuestro plan.

El señor amable que nos atendió -que tenía pinta de disfrazarse de Santa Claus en Navidad y de hacer un pavo relleno maravilloso para Acción de Gracias- nos miró con cara de sorpresa y -sobre todo- de perplejidad. Claramente la respuesta fue algo que no habíamos ni remotamente imaginado. Nos denegaron el permiso. Fisuraza al canto.

Desde hace una semana andamos con la testa sotto i piedi. Hablando por hablar, yendo a los sitios por ir, riendo por no llorar. Y llorando -mucho-, también. Hace una semana se nos rompió un poco el corazón, porque lo teníamos ya delante de nosotros y ha sido como si este pequeño (gran) sueño de cambiar de vida se nos hubiera deslizado entre los dedos y se nos hubiera caído al vacío.

Cuando me pasan cosas malas siempre me sucede que al día siguiente, cuando me estoy despertando, pienso por un momento que todo ha sido un sueño y que cuando consiga abrir los ojos me daré cuenta de que nada de lo que pasaba en ese sueño -pesadilla- era real. Me pasó cuando perdí a mi hermano, y cuando Larrake se marchó. Es curioso, porque es algo que creo que nunca le he contado a nadie, pero os lo cuento porque el martes me desperté y volví a sentirlo. Y claro, era real.

Desde la semana pasada Carlos y yo andamos sin encontrarnos. Menos mal que seguimos queriendo buscarnos y que, en el fondo y no tan en el fondo, somos los más optimistas de nuestra clase y ya empezamos a encontrar algunas alternativas. Poner sobre la mesa el corazón es reconocer los errores, colocarlos y poder perdonarse a uno mismo y al otro. Y aprender algo. Que lo que no te mate, te engorde.

Algo antes de nuestro pequeño drama (canario, para muchos) habíamos preparado un sketch en el que contamos nuestro proyecto. Por ahora lo hemos guardado en una caja, hasta que recuperemos un poco la energía y volvamos a reírnos con ganas. Pero llegará pronto, seguro. Nos hace mucha ilusión, porque todo lo que hacemos, lo hagamos bien o regular, lo hacemos siempre con toda la ilusión del universo. Con la misma ilusión que fuimos el lunes a la embajada. Con la misma ilusión que empezaremos nuestro (nuevo) gran viaje.

Porque la ilusión es la que mueve el mundo. Y nosotros, en eso, tenemos visado ilimitado.

Denied
Antes del viaje

Primera fisura o cómo intentar mantener el equilibrio

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15 julio, 2019

Andábamos tan en nuestros pensamientos y tan ensimismados contando los días para nuestra partida que ni se nos ocurrió que podía suceder. Así de idiota suena. Así de idiota ha sido.

Fuimos a la embajada a pedir nuestro visado de medio año para empezar el viaje en Alaska. Fuimos con toda nuestra ilusión, con todo el cariño y la buena intención que le ponemos a las cosas. Pero no se nos ocurrió llevar ni medio papel para contar cómo iba a ser nuestra aventura. Ni de qué íbamos a vivir. Ni cuál era nuestro plan.

El señor amable que nos atendió -que tenía pinta de disfrazarse de Santa Claus en Navidad y de hacer un pavo relleno maravilloso para Acción de Gracias- nos miró con cara de sorpresa y -sobre todo- de perplejidad. Claramente la respuesta fue algo que no habíamos ni remotamente imaginado. Nos denegaron el permiso. Fisuraza al canto.

Desde hace una semana andamos con la testa sotto i piedi. Hablando por hablar, yendo a los sitios por ir, riendo por no llorar. Y llorando -mucho-, también. Hace una semana se nos rompió un poco el corazón, porque lo teníamos ya delante de nosotros y ha sido como si este pequeño (gran) sueño de cambiar de vida se nos hubiera deslizado entre los dedos y se nos hubiera caído al vacío.

Cuando me pasan cosas malas siempre me sucede que al día siguiente, cuando me estoy despertando, pienso por un momento que todo ha sido un sueño y que cuando consiga abrir los ojos me daré cuenta de que nada de lo que pasaba en ese sueño -pesadilla- era real. Me pasó cuando perdí a mi hermano, y cuando Larrake se marchó. Es curioso, porque es algo que creo que nunca le he contado a nadie, pero os lo cuento porque el martes me desperté y volví a sentirlo. Y claro, era real.

Desde la semana pasada Carlos y yo andamos sin encontrarnos. Menos mal que seguimos queriendo buscarnos y que, en el fondo y no tan en el fondo, somos los más optimistas de nuestra clase y ya empezamos a encontrar algunas alternativas. Poner sobre la mesa el corazón es reconocer los errores, colocarlos y poder perdonarse a uno mismo y al otro. Y aprender algo. Que lo que no te mate, te engorde.

Algo antes de nuestro pequeño drama (canario, para muchos) habíamos preparado un sketch en el que contamos nuestro proyecto. Por ahora lo hemos guardado en una caja, hasta que recuperemos un poco la energía y volvamos a reírnos con ganas. Pero llegará pronto, seguro. Nos hace mucha ilusión, porque todo lo que hacemos, lo hagamos bien o regular, lo hacemos siempre con toda la ilusión del universo. Con la misma ilusión que fuimos el lunes a la embajada. Con la misma ilusión que empezaremos nuestro (nuevo) gran viaje.

Porque la ilusión es la que mueve el mundo. Y nosotros, en eso, tenemos visado ilimitado.

Denied
Antes del viaje

La famosa rueda

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5 julio, 2019

Andábamos tan en nuestros pensamientos y tan ensimismados contando los días para nuestra partida que ni se nos ocurrió que podía suceder. Así de idiota suena. Así de idiota ha sido.

Fuimos a la embajada a pedir nuestro visado de medio año para empezar el viaje en Alaska. Fuimos con toda nuestra ilusión, con todo el cariño y la buena intención que le ponemos a las cosas. Pero no se nos ocurrió llevar ni medio papel para contar cómo iba a ser nuestra aventura. Ni de qué íbamos a vivir. Ni cuál era nuestro plan.

El señor amable que nos atendió -que tenía pinta de disfrazarse de Santa Claus en Navidad y de hacer un pavo relleno maravilloso para Acción de Gracias- nos miró con cara de sorpresa y -sobre todo- de perplejidad. Claramente la respuesta fue algo que no habíamos ni remotamente imaginado. Nos denegaron el permiso. Fisuraza al canto.

Desde hace una semana andamos con la testa sotto i piedi. Hablando por hablar, yendo a los sitios por ir, riendo por no llorar. Y llorando -mucho-, también. Hace una semana se nos rompió un poco el corazón, porque lo teníamos ya delante de nosotros y ha sido como si este pequeño (gran) sueño de cambiar de vida se nos hubiera deslizado entre los dedos y se nos hubiera caído al vacío.

Cuando me pasan cosas malas siempre me sucede que al día siguiente, cuando me estoy despertando, pienso por un momento que todo ha sido un sueño y que cuando consiga abrir los ojos me daré cuenta de que nada de lo que pasaba en ese sueño -pesadilla- era real. Me pasó cuando perdí a mi hermano, y cuando Larrake se marchó. Es curioso, porque es algo que creo que nunca le he contado a nadie, pero os lo cuento porque el martes me desperté y volví a sentirlo. Y claro, era real.

Desde la semana pasada Carlos y yo andamos sin encontrarnos. Menos mal que seguimos queriendo buscarnos y que, en el fondo y no tan en el fondo, somos los más optimistas de nuestra clase y ya empezamos a encontrar algunas alternativas. Poner sobre la mesa el corazón es reconocer los errores, colocarlos y poder perdonarse a uno mismo y al otro. Y aprender algo. Que lo que no te mate, te engorde.

Algo antes de nuestro pequeño drama (canario, para muchos) habíamos preparado un sketch en el que contamos nuestro proyecto. Por ahora lo hemos guardado en una caja, hasta que recuperemos un poco la energía y volvamos a reírnos con ganas. Pero llegará pronto, seguro. Nos hace mucha ilusión, porque todo lo que hacemos, lo hagamos bien o regular, lo hacemos siempre con toda la ilusión del universo. Con la misma ilusión que fuimos el lunes a la embajada. Con la misma ilusión que empezaremos nuestro (nuevo) gran viaje.

Porque la ilusión es la que mueve el mundo. Y nosotros, en eso, tenemos visado ilimitado.

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